El Taller del Pintor
El inmenso Taller es sin
duda la composición más misteriosa de Courbet. Éste sin embargo proporciona
algunas claves de lectura: “Es el mundo que acude a mi para que le pinte",
precisa, “en la derecha, todos los accionistas, es decir los amigos, los
trabajadores, los aficionados al mundo del arte. En la izquierda, el otro mundo
de la vida trivial, el pueblo, la miseria, la pobreza, la riqueza, los
explotados, los explotadores, la gente que vive de la muerte".
Entre los primeros, en
la parte derecha, reconocemos en efecto el perfil con barba del mecenas Alfred
Bruyas y, detrás de él, de frente, el filósofo Proudhon. El crítico Champfleury
está sentado encima de un taburete, mientras que Baudelaire está leyendo. La
pareja del primer plano viene a personificar a los aficionados al arte y, cerca
de la ventana, dos amantes representan el amor libre.
En cuanto al aspecto de
la “vida trivial", encontramos un cura, un marchante, un cazador, que
podría tener los rasgos de Napoleón III, o también un obrero inactivo y una
mendiga que simbolizan la pobreza. También observamos la guitarra, la daga y el
sombrero que, junto al modelo masculino, estigmatizan el arte academicista.
En esta amplia alegoría,
verdadero cuadro-manifiesto, cada figura representa pues un valor distinto. En
medio de todo ello, el propio Courbet, acompañado por figuras benevolentes: una
mujer-musa, desnuda como la Verdad, un niño y un gato. En el centro de todo, el
pintor se presenta como mediador. Courbet afirma de este modo la función social
del artista, en una amplia escena de dimensiones de la pintura de historia.
Frente al rechazo de su lienzo, destinado a la Exposición Universal de 1855,
Courbet construye, un “Pabellón del realismo", sufragando los gastos. Al
margen del acontecimiento oficial, organiza en él su propia exposición, en la
que se encuentra también Un entierro en Ornans, para que toda la sociedad tenga
acceso al trabajo del artista.

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