domingo, 30 de noviembre de 2014

Folies Bergère 
Fue el primer cabaret en París, famoso por sus espectáculos de calidad, su gran ambiente, y por supuesto, por ser uno de los sitios preferidos de los hombres parisinos para contratar prostitutas. Las meseras del lugar eran, como alguna vez describió el poeta Guy de Maupassant, proveedoras de bebidas y amor. Este icónico lugar de la vida nocturna parisina quedó inmortalizado en la última gran obra de Édouard Manet, Un bar del Folies-Bergère, (1882).






El pintor francés conocía el cabaret a la perfección y ahí mismo hizo varios bocetos del lugar, aunque la versión final de la pieza la realizó por completo en su estudio. Esta obra muestra a una camarera detrás de la barra y el amplio espejo del cabaret que refleja al público presenciando un espectáculo. Suzon, una de las camareras del Folies Bergère, posó para Manet en su estudio, detrás de una mesa con botellas que el mismo pintor montó especialmente para esta pieza.



Como parte del análisis de la obra, algo que resalta en primera instancia es el reflejo de la camarera y el caballero al que atiende. Es interesante porque en el reflejo la mujer se muestra más relajada, con una postura que demuestra movimiento, contrario a la imagen central de la pieza que es estática y tensa. ¿Se trata, en efecto, del reflejo de la camarera?, ¿o es simplemente un juego de Manet con el espacio y la perspectiva? Podría pensarse que el espectador se pone en los zapatos del caballero de grueso bigote y sombrero de copa, y se adentra en la caótica escena.
La expresión de la camarera es otro aspecto importante de Un bar del Folies-Bergère. Su mirada refleja cansancio, hastío y tristeza, lo cual contrasta con todo lo que le rodea: el cabaret, la multitud presenciando el espectáculo, la fastuosidad de la barra, su atuendo y el caballero frente a ella. Esto fue celebrado desde el momento en que Manet presentó la obra en el Salón de París en 1882. Contrario a muchas de sus obras, Un bar del Folies-Bergère fue bien recibida por la crítica desde su primera exhibición.


Un bar del Folies-Bergère es una obra ambigua, proporciona al espectador la extraña sensación de estar dentro del cabaret. Esta ilusión óptica, objeto de numerosos análisis, es la última prueba de que Manet se dejaba llevar por sus propias reglas, despreció a propósito los cánones de la perspectiva y dejó la última gran marca de su carrera: un año después de su presentación, Manet falleció en París, a causa de sus múltiples enfermedades.

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