Folies
Bergère
Fue el primer cabaret en París, famoso por sus espectáculos de calidad,
su gran ambiente, y por supuesto, por ser uno de los sitios preferidos de los
hombres parisinos para contratar prostitutas. Las meseras del lugar eran, como
alguna vez describió el poeta Guy de Maupassant, proveedoras de bebidas y amor.
Este icónico lugar de la vida nocturna parisina quedó inmortalizado en la
última gran obra de Édouard Manet, Un bar del Folies-Bergère, (1882).
El pintor
francés conocía el cabaret a la perfección y ahí mismo hizo varios bocetos del
lugar, aunque la versión final de la pieza la realizó por completo en su
estudio. Esta obra muestra a una camarera detrás de la barra y el amplio espejo
del cabaret que refleja al público presenciando un espectáculo. Suzon, una de
las camareras del Folies Bergère, posó para Manet en su estudio, detrás de una
mesa con botellas que el mismo pintor montó especialmente para esta pieza.
Como parte
del análisis de la obra, algo que resalta en primera instancia es el reflejo de
la camarera y el caballero al que atiende. Es interesante porque en el reflejo
la mujer se muestra más relajada, con una postura que demuestra movimiento,
contrario a la imagen central de la pieza que es estática y tensa. ¿Se trata,
en efecto, del reflejo de la camarera?, ¿o es simplemente un juego de Manet con
el espacio y la perspectiva? Podría pensarse que el espectador se pone en los
zapatos del caballero de grueso bigote y sombrero de copa, y se adentra en la
caótica escena.
La expresión
de la camarera es otro aspecto importante de Un bar del Folies-Bergère. Su
mirada refleja cansancio, hastío y tristeza, lo cual contrasta con todo lo que
le rodea: el cabaret, la multitud presenciando el espectáculo, la fastuosidad
de la barra, su atuendo y el caballero frente a ella. Esto fue celebrado desde
el momento en que Manet presentó la obra en el Salón de París en 1882.
Contrario a muchas de sus obras, Un bar del Folies-Bergère fue bien recibida
por la crítica desde su primera exhibición.
Un bar del
Folies-Bergère es una obra ambigua, proporciona al espectador la extraña
sensación de estar dentro del cabaret. Esta ilusión óptica, objeto de numerosos
análisis, es la última prueba de que Manet se dejaba llevar por sus propias
reglas, despreció a propósito los cánones de la perspectiva y dejó la última
gran marca de su carrera: un año después de su presentación, Manet falleció en
París, a causa de sus múltiples enfermedades.






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