Leonardo ingresa como
aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio, en donde, a lo largo de los años
que el gremio de pintores prescribía como instrucción antes de ser reconocido
como artista libre, aprendió pintura, escultura, técnicas y mecánicas de la
creación artística. El primer trabajo suyo del que se tiene certera noticia fue
la construcción de la esfera de cobre proyectada por Brunelleschi para coronar
la iglesia de Santa Maria dei Fiori. Junto al taller de Verrocchio, además, se
encontraba el de Antonio Pollaiuollo, en donde Leonardo hizo sus primeros
estudios de anatomía y, quizá, se inició también en el conocimiento del latín y
el griego.
Era un joven agraciado y vigoroso que había heredado la
fuerza física de la estirpe de su padre; es muy probable que fuera el modelo
para la cabeza de San Miguel en el cuadro de Verrocchio Tobías y el ángel, de
finos y bellos rasgos. Por lo demás, su gran imaginación creativa y la temprana
maestría de su pincel, no tardaron en superar a las de su maestro: en el
Bautismo de Cristo, por ejemplo, donde un dinámico e inspirado ángel pintado
por Leonardo contrasta con la brusquedad del Bautista hecho por Verrocchio.
El joven discípulo utilizaba allí por vez primera una
novedosa técnica recién llegada de los Países Bajos: la pintura al óleo, que
permitía una mayor blandura en el trazo y una más profunda penetración en la
tela. Además de los extraordinarios dibujos y de la participación virtuosa en
otras obras de su maestro, sus grandes obras de este período son un San
Jerónimo y el gran panel La adoración de los Magos (ambos inconclusos),
notables por el innovador dinamismo otorgado por la maestría en los contrastes
de rasgos, en la composición geométrica de la escena y en el extraordinario
manejo de la técnica del claroscuro.
El hombre de Vitruvio, canon del cuerpo humano
Resultó sobre todo fecunda su amistad con el matemático Luca
Pacioli, fraile franciscano que en 1494 publicó su tratado de la Divina
proportione, ilustrada por Leonardo. Ponderando la vista como el instrumento de
conocimiento más certero con que cuenta el ser humano, Leonardo sostuvo que a
través de una atenta observación debían reconocerse los objetos en su forma y
estructura para describirlos en la pintura de la manera más exacta. De este
modo el dibujo se convertía en el instrumento fundamental de su método
didáctico, al punto que podía decirse que en sus apuntes el texto estaba para
explicar el dibujo, y no éste para ilustrar a aquél, por lo que Da Vinci ha
sido reconocido como el creador de la moderna ilustración científica.
El ideal del saper vedere guió todos sus estudios, que en la
década de 1490 comenzaron a perfilarse como una serie de tratados (inconclusos,
que fueron recopilados luego en el Codex Atlanticus, así llamado por su gran
tamaño). Incluye trabajos sobre pintura, arquitectura, mecánica, anatomía,
geografía, botánica, hidráulica, aerodinámica, fundiendo arte y ciencia en una
cosmología individual que da, además, una vía de salida para un debate estético
que se encontraba anclado en un más bien estéril neoplatonismo.
Aunque Leonardo no parece que se preocupara demasiado por
formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de
fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea
Solari, su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de
acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período,
tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli. Contratado en
1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura
para la iglesia de San Francisco, Leonardo emprendió la realización de lo que
sería la celebérrima Virgen de las Rocas, cuyo resultado final, en dos
versiones, no estaría listo a los ocho meses que marcaba el contrato, sino
veinte años más tarde. La estructura triangular de la composición, la gracia de
las figuras, el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido
visionario de la escena, convierten a ambas obras en una nueva revolución estética
para sus contemporáneos.
Hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en
principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa
Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica:
La última cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor
original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La
genial captación plástica del dramático momento en que Cristo dice a los
apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad
psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los
comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo
en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación
para artistas de todo el continente.
Dama con armiño (1483-84)
También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este
periodo:Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una
de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona Lisa. Obra
famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y
casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. La mítica Gioconda
ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero poco se
sabe de su vida. Ni siquiera se conoce quién encargó el cuadro, que Leonardo se
llevó consigo a Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil
piezas de oro. Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a una
concreción casi milagrosa, Leonardo logró plasmar un gesto entre lo fugaz y lo
perenne: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda es uno de los capítulos más
admirados, comentados e imitados de la historia del arte y su misterio sigue
aún hoy fascinando. Existe la leyenda de que Leonardo promovía ese gesto en su
modelo haciendo sonar laúdes mientras ella posaba; el cuadro, que ha atravesado
no pocas vicisitudes, ha sido considerado como cumbre y resumen del talento y
la «ciencia pictórica» de su autor.
Ultimos años: Roma y Francia
El nuevo hombre fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo
Tivulzio, quien pretendía retomar para sí el monumental proyecto del «gran
caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia tumba en la
capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó
de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como
escultor. En 1513 una nueva situación de inestabilidad política lo empujó a
abandonar Milán; junto a Melzi y Salai marchó a Roma, donde se albergó en el
belvedere de Giulano de Médicis, hermano del nuevo papa León X.
En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un
sueldo digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos
monumentos romanos, proyectó una gran residencia para los Médicis en Florencia
y, además, trabó una estrecha amistad con el gran arquitecto Bramante, hasta la
muerte de éste en 1514. Pero en 1516, muerto su protector Giulano de Médicis,
Leonardo dejó Italia definitivamente, para pasar los tres últimos años de su
vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del
rey».
El gran respeto que Francisco I le dispensó hizo que
Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la
nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la
redacción de sus últimas páginas para su tratado sobre la pintura, pintó poco
aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y
apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino
duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo
imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en
el Louvre de París.
A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable,
comenzó a desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado; pero con su incansable
mano izquierda Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de drenajes
de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas. Su casa de Amboise se
convirtió en una especie de museo, plena de papeles y apuntes conteniendo las
ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos
para demostrar su factibilidad e incluso su necesidad; llegó incluso, en esta
época, a concebir la idea de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas
que eligió para que lo acompañasen en su última etapa, la Gioconda, el San Juan
y Santa Ana, la Virgen y el Niño, puede decirse que Leonardo poseía entonces
uno de los grandes tesoros de su tiempo.
El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a
Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que éste se encargó de retornar
a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a
su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que
Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regido por las leyes
de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó
del lecho mortuorio para recibir antes de expirar, los sacramentos.




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